Cuando se trata de suministrar respiradores y otras ayudas contra el coronavirus a Centroamérica, los funcionarios de la administración Trump dicen que no tienen favoritos. Pero los países que han sido más cooperativos en materia de inmigración y otros temas parecen estar ahora al frente de la línea.

Los presidentes de El Salvador y Honduras han prometido intentar mantener a sus ciudadanos en casa y lejos de los senderos migratorios hacia Estados Unidos. El viernes, en tanto, Trump prometió que ambos países recibirían respiradores artificiales. «Acabo de hablar con el presidente Nayib Bukele, de El Salvador«, tuiteó Trump. «Los ayudaremos con respiradores, que necesitan desesperadamente. ¡Han trabajado bien con nosotros en cuestiones de inmigración en la frontera sur!».

Aproximadamente una hora después, el mandatario agregó: «Acabo de comunicarme con el presidente Juan Orlando Hernández, de la República de Honduras. Trabajamos en estrecha colaboración en la frontera sur. Lo ayudaremos con su solicitud de respiradores y pruebas».

Estados Unidos no comparte frontera con Honduras o El Salvador, por lo cual presumiblemente Trump se refería a los acuerdos por los que esos países se comprometieron a recibir de regreso a migrantes y solicitantes de asilo.

Sin embargo, para Guatemala, que enfrenta una amenaza de coronavirus similar o peor, Trump no efectuó ofertas de apoyo. El presidente guatemalteco, Alejandro Giammattei, en las últimas semanas bloqueó repetidamente, luego desbloqueó y volvió a cancelar, los vuelos de deportación desde Estados Unidos que transportan a ciudadanos que ingresaron ilegalmente a esa nación. Guatemala informó el viernes que 89 deportados guatemaltecos habían llegado a casa desde EE.UU con COVID-19.

Michael Kozak, secretario asistente interino de la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado de EE.UU, indicó el viernes que deportar a los migrantes a sus países de origen era en realidad más seguro para su salud que tenerlos detenidos en cárceles de inmigración llenas de gente. El funcionario defendió el envío de migrantes infectados por coronavirus a sus países de origen -una medida que posiblemente extenderá la enfermedad a un nuevo terreno- diciendo que muchos eran asintomáticos en el momento de su deportación, por lo que no se podía determinar que estaban enfermos. «La política no es repatriar a nadie que esté enfermo», consideró Kozak, y después sugirió remitir cualquier nueva consulta al Departamento de Seguridad Nacional. También expresó que no cree que Trump estuviera castigando a los países, sino meramente respondiendo a los pedidos a medida que se reciben.

«Aquí no hay un vínculo fuerte entre la cooperación en remociones y respiradores», consideró en una sesión informativa con periodistas. «Estamos tratando de llevar medicamentos y suministros médicos a cualquiera que los necesite, incluidos los países con los que no tenemos relaciones particularmente buenas. Yo no especularía sobre ‘castigos’ en este momento», agregó Kozak.

Trump también escribió un tuit caritativo a Lenin Moreno, presidente de Ecuador -aunque inicialmente escribió mal el nombre del país afectado-, para ofrecerle respiradores artificiales una vez más. Ecuador no ha jugado un papel importante en ninguna iniciativa de Trump, pero se volvió más solidario con las políticas estadounidenses desde que Moreno reemplazó a un gobierno de izquierda.

Hernández, de Honduras, ha elogiado habitualmente a Trump y aceptado políticas estadounidenses tan distantes como votar alineado con Washington -y contra la mayoría del resto del mundo- en las Naciones Unidas (ONU) por una resolución que busca reconocer a Jerusalén como la capital de Israel. La policía estadounidense había acusado a Hernández de estar involucrado en el narcotráfico.

Bukele, de El Salvador, ha contado con el apoyo entusiasta de Washington. Ese mandatario ha tomado una línea cada vez más dura con el uso ampliado de los militares, tanto para combatir la pandemia de coronavirus como para sofocar a sus oponentes políticos.

Muchos salvadoreños temen que las acciones de Bukele sean un retroceso al pasado militarizado y antidemocrático del país. La nación sufrió una guerra civil de 12 años, que terminó en 1992, en la cual Estados Unidos respaldó a un brutal gobierno de derecha y al ejército de éste.

Más de 2.000 salvadoreños fueron arrestados en los últimos días y trasladados a centros de detención porque violaron las reglas de distanciamiento social, incluso cuando la detención en instalaciones superpobladas viola las propias normas. La Corte Suprema le pidió al gobierno que deje de arrestar arbitrariamente a la gente, pero Bukele ignora el fallo.

La administración Trump se negó a condenar lo que muchos en El Salvador y el resto de América Latina consideran como tendencias cada vez más autocráticas de ese líder.

Kozak afirmó que los funcionarios de la administración han dado «consejos constructivos» a sus contrapartes en El Salvador, pero optaron por no hacer pronunciamientos públicos. La administración entiende las disputas en El Salvador más como un desacuerdo sobre cómo enfrentar la pandemia que como una represión política, expuso.

Funcionarios estadounidenses añadieron esta semana que se donaron $757 millones a unos 100 países para ayudar en su lucha contra la crisis del coronavirus, incluidos aproximadamente $64 millones que se destinaron a 30 naciones en el hemisferio occidental.

En las últimas décadas, las administraciones de EE.UU han contribuido con enormes recursos a la batalla global contra epidemias como las del Ébola y el VIH-sida.

Muchos líderes de esas campañas, como el Dr. Anthony Fauci y la Dra. Deborah Birx, están involucrados en los esfuerzos de la administración actual para luchar contra el brote de coronavirus. Pero la administración Trump cortó el financiamiento a otro de los paladines principales en la batalla, la Organización Mundial de la Salud (OMS), acusando a la entidad de tener parcialidad a favor de China.

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